Por Pablo Montaño
No me atrevo a defender a Fidel frente a un cubano. O a excusar los excesos de su dictadura con indicadores de salud y escolaridad. O a criticar la precariedad de la economía cubana descontextualizándola de un salvaje bloqueo económico. Me he resistido a comentar de la muerte de Fidel y quizás haya sido un acierto que ahora echo en tierra; un pasatiempo de posicionarse entre bueno o malo que me resulta un tanto ocioso. Especialmente, entre aquellos que buscan exaltar a Fidel como si hubiera un juicio post-mortem a nivel mundial. O sus críticos que se apresuran a contestar a su famosa frase con un tajante “la historia no lo absolverá”, como lo hizo Vargas Llosa hace unos días. Cabría recordar que la frase forma parte de su defensa en el juicio por el asalto al cuartel Moncada en 1953, un acto contra la dictadura de Fulgencio Batista. Discrepo con el nobel de literatura, Fidel, difícilmente no quedaría absuelto por su oposición a un tirano. Y desconozco si Fidel pediría la absolución por lo que después habría de convertirse, lo dudo.
Quizás al valorar a Fidel la principal pregunta sería ¿a cuál? ¿El revolucionario? ¿El arquitecto de una nación con tantas carencias como enemigos? ¿El perseguidor? ¿El dictador? ¿El tótem? Entre los claros y los muy oscuros, la simple condena me queda estéril. Sin embargo, me atrevo a una última reflexión.
Fidel se enfrentó a una situación de opresión y explotación. La enfrentó en la Sierra Maestra, en las Naciones Unidas y después en la Bahía de Cochinos. No obstante, la hazaña que muchos años me inspiró, está marcada por sus medios y su fracturado desenlace. Me quedan pocas certezas; pero, de haber nacido cubano, no hubiera concedido a la censura y a la persecución política. Pero, de haber nacido puertorriqueño, sin duda, desearía no ser colonia. Jodido que esas sean las opciones que la historia nos deja.
@Paboricardo2
Sé parte de la conversación